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con Dios y con el Diablo

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Como también decía mi abuela: «no se puede estar al mismo tiempo en Misa y en Prosesión».

Esto viene a cuento porque últimamente se escucha con insistencia el «consejo» por parte de todo el arco opositor acerca de lo imperioso que resulta establecer por parte del Gobierno una política «que abandone la confrontación y se base en un consenso que incluya a todos los sectores de nuestra sociedad».

Algo muy oportuno para los discursos y que desnuda, en el fondo, el planteo real acerca del verdadero rol que debe ejercer un gobierno.

Y es que todavía hay quienes entienden al Estado como el encargado de ordenar la sociedad a partir de mantener su «status quo», garantizando las demandas de los distintos factores de poder, es decir, protegiendo a los ricos de los pobres.

Sin embargo hace ya mucho tiempo que el Estado ha asumido -a partir de políticas mucho más modernas-, un rol más ligado al equilibrio entre estos sectores sociales en permanente pugna, protegiendo esencialmente a los débiles de los poderosos.

Adoptar este criterio, sobre todo en países como el nuestro -periférico y en vías de desarrollo-, implica siempre un enfrentamiento con aquellos sectores que entienden la riqueza como una prerrogativa de impunidad y no como un incremento en su cuota de su responsabilidad social.

Por ejemplo, sería interesante que aquellos que vienen sosteniendo que la inseguridad es nuestro principal problema -y por supuesto hacen cargo de ella a los sectores más postergados-, acepten que el problema principal en realidad ha sido el constante crecimiento de los índices de pobreza e indigencia, consecuencia de políticas económicas que han fomentado esa situación estructural.

Entonces entenderíamos que  la solución pasaría por modificar la distribución del ingreso hacia un régimen más equitativo, en vez de seguir sosteniendo políticas represivas que intenten contener, desde la fuerza, la cada vez más violenta impotencia de los marginados.

Por eso, y tal cual lo expresa el título de esta editorial, no se puede estar con Dios y con el Diablo, porque distribuir la riqueza acumulada de un país, implica siempre que aquellos que poseen más, sean quienes más tributen en beneficio de quienes menos tienen. Y esto no es «gratis».

No se trata de «repartir trigo y leche a los pobres para garantizarles la ración diaria de comida» como ofrece «generosa» la patronal agraria. Porque no se trata de repartir dádivas para que los más pobres sigan sometidos a su condición humillante.

De lo que se trata es de gobernar para generar los cambios estructurales que cambien esa condición de manera permanente, a partir de la construcción de nuevas reglas de juego a largo plazo y en el medio, construír más viviendas, escuelas, hospitales, caminos, cloacas, servicios: DIGNIDAD e INTEGRACION.

En este sentido, una particularidad que tiene este gobierno, aún con sus torpezas y errores, es la de poner en el seno de la sociedad muchas de estas contradiciones no saldadas que  en otras épocas no tan lejanas estaban vedadas a la sociedad y se definían a través de depósitos bancarios provenientes de los fondos públicos.

Hoy la política forma parte de la vida cotidiana y obliga a la sociedad a informarse y la invita a emitir opinión permanentemente. Y no está mal, porque es el debate político sobre lo público lo que consolida el sistema democrático y ayuda a la madurez de nuestra sociedad, poco acostumbrada en las últimas décadas a hacerse cargo de sus responsabilidades ciudadanas, ya sea por despreocupación o por imposición.

En el otro extremo – y en nuestra página central abundamos con ejemplos claros acerca de ellos-, están los que mientras exigen «políticas de consenso que eviten la confrontación permanente» al gobierno nacional, cuando ejercen su responsabilidad, lejos de hacerlo desde el equilibrio y el consenso, lo hacen garantizando la protección de los sectores afines a través de negociados y aumento de las fuerzas represivas -no para protegernos de la inseguridad-, sino para acallar el descontento

Hasta la próxima.

Una respuesta

  1. Ojo! No confundir consenso con pérdida de ideales. El consenso en una sociedad seria DEBE existir. Pero para que ello ocurra es necesario que las partes estén dispuestas a ceder parte de su razón. En las sociedades modernas y con el nuevo rol del estado, asumiendo que es quien debe tender puentes que equilibren la inmensa brecha social, también se debe acudir al consenso, teniendo la previsión de saber que necesariamente una de las partes se encuentra en claro desequilibrio, por lo que la otra parte debe abstenerse de realizar actos univocos que logren potenciar su riqueza en detrimento de la otra parte. Entonces ese dialogo debe ser canalizado por medio del estado, quien en ocasión de ser el artifice principal del dialogo, puede en determinados casos imponer su decisión a sabiendas que una de las partes intenta someter a la otra. El estado debe ser el guardián de esto e impedir de una vez por todas y para comenzar una nueva Argentina que tanto la pobreza y la indigencia sigan creciendo a diario como sucede.

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