medios de desinformación

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Hablemos con la verdad. Cuando a principios de los 90 el Estado liberó los medios de comunicación, muchos fueron adquiridos por personas cuyo fin nunca han sido los medios, sino usarlos como mecanismo de presión para obtener ventajas en otros negocios, sumado a otros medios que, conducidos por personas que sí estan dedicadas a la comunicación, prefieren ponerlos al servicio de intereses para obtener ventajas económicas que no provienen del éxito de su propio negocio. La estructura de algunos medios, el nervio, no es la libertad de prensa sino el lobby.

La actual Ley de Radiodifusión, patrimonio de la última Dictadura Militar está a punto de ser reformulada para incorporar los avances que la tecnología a aportado en este campo, y en ese sentido, el actual gobierno considera que quien hace contenidos tiene que hacer contenidos y es libre, y quien hace distribución de TV por cable es otra cosa, como un servicio público, la luz, el gas, etc. Porque una cosa son las señales de cable, que son muy modestos negocios y otra la distribución de cable, donde sí se encuentra un negocio de la magnitud de un servicio público que factura cerca de 150 millones de dólares por mes.

Pero si las empresas que venden el abono al cable –y no los canales de cable– son un servicio público, como la luz, el gas o el teléfono, deberían abstenerse de producir contenidos, porque quienes crean contenidos no pueden ser juez y parte, si no, el que distribuye se los come a todos, como sucedio por ejemplo con P&E que desaparece cuando surge Metro de Clarín. Entonces, para que no sean absorbidas, las señales de cable deberían estar inscriptas y regidas por la libertad de prensa y diferenciación de empresas, como tienen las radios por ejemplo, para que esas cien señales que nos da la tecnología sean cien opiniones diferenciadas.

Aquí parece comenzar a desentrañarse la verdadera razón del cambio de actitud asumida por del grupo Clarín frente al actual gobierno. Y es que si cada señal de cable tiene que ser un generador distinto -algunos pueden tener dos, tres, pero con un límite-, pero liberando la conectividad a cambio de que ninguno que la genera produzca contenido, resulta que Clarín, en principio, tendría que desprenderse de TN, Metro y Volver.

El error de Clarín fue no darse cuenta de que era una empresa de servicio público, porque como empresa de servicio público tiene necesidades que limitan su independencia y hoy resulta muy evidente que necesita que el cable, como estructura, tenga la protección del Estado, porque si a todo lo que se detalla anteriormente le sumamos una posible autorización del Gobierno a las telefónicas para ofrecer conectividad a televisión por cable les causaría un daño concreto, inmediato y tal vez irreversible.

Como principal formadora de opinión en el país, Clarín se opone a perder esa cuota de poder que reside en la generación y difusión de contenidos y entonces direcciona toda su artillería mediática para condicionar -cuando no frenar- la razonable decisión del gobierno de avanzar sobre una necesaria regulación del mercado de la telecomunicaciones que ya resulta obsoleta por la incorporación de las nuevas tecnologías multimediales, para no entrar en el debate acerca de su procedencia.

La libertad es una construcción. La televisión está condicionada por sus debilidades. En la medida en que dé un salto económico va a ser libre. Y lo que viene tecnológicamente es la libertad de la televisión porque va a haber distintas opiniones. Aunque esto le pese a algunos empresarios de la información tan acostumbrados a ejercer sistemáticamente la presión mediática para sacar beneficio propio.

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