Las principales entidades del empresariado agropecuario acaban de lanzar un paro contra la politica sectorial del gobierno de Cristina Fernández. Las medidas que tanto inquietan a este sector se resumen en un refuerzo de los impuestos a la exportación y en ciertas regulaciones a la comercialización del ganado. El objetivo central es orientar la producción hacia el mercado interno sin por ello perder rentabilidad.
Es completamente falso que con este nivel de retenciones a la exportación los “productores” pierdan plata, lo que pierden, eso si, es la posibilidad de vender en el mercado interno a precios internacionales.
Porque precísamente, no son ingresos lo que faltan, sino inversión productiva por parte de quienes los están percibiendo. Nunca fue tan rentable la actividad agraria, sin embargo, y como siempre ha sucedido en este país, los propietarios de las explotaciones no las conciben como fábricas en las que hay que invertir, sino como fuentes de renta.
En este punto es importante destacar que la prosperidad surge de dos elementos -uno interno y otro externo-, ambos ajenos al esfuerzo de los productores. Por un lado, la paridad 3 a 1, que implica un aumento geométrico de las ganancias empresarias en cada kilo de grano o carne que sale del país. Por otro lado, los precios internacionales de productos agropecuarios que están llegando a niveles excepcionales.
Todo el secreto de la ira del campo está en que el gobierno de Cristina Fernández utiliza las retenciones para redistribuir parte de los ingresos rentísticos de un sector que se quiere presentar como productivo cuando en realidad, ante un estímulo del mercado, ni siquiera piensa que algo debería hacer para abastecer toda la demanda, interna y externa.
Eso los obligaría a trabajar y es demasiado para la ética del rentista. Y así vivimos la vergüenza de que la Argentina tenga 50 millones de cabezas de ganado bobino (cuando hace mucho tiempo ya debería estar en los 150 o 200 millones) y que las usinas lácteas y los tambos sigan extorsionando a la población para vender sus productos en el extranjero.
Ante un mercado demandante, en vez de afanarse por incrementar la producción y aumentar sus ingresos en el marco de la expansión general de la economía, reaccionan con este tipo de medidas, denunciando incluso “ausencia de planificación” en la política sectorial del gobierno, cuando se trata precisamente de los sectores que históricamente se han destacado por representar el “libremercadismo”, definiéndose claramente como enemigos jurados de toda intervención estatal en la economía.
Sin embargo, si los “productores” no responden a los estímulos del mercado, corresponde al Estado intervenir por su poder coercitivo, para favorecer planes de incremento productivo de cumplimiento obligatorio y en este sentido es plausible la medida de un gobierno que plantea terminar con estos especuladores rentistas disfrazados de productores que, con medidas extorsivas, asfixian el desarrollo industrial y hambrean al pueblo argentino mientras se expanden las exportaciones de carnes, granos y oleaginosas.
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