fue cromañon… fue cromañon?
Recuerdo que el 2005 había comenzado envuelto en luto. La tragedia de Cromañon -que seguramente flotará entre nosotros durante mucho tiempo más-, se presentaba como hecho paradigmático de nuestra sociedad.
En aquellos sucesos del 30 de diciembre de 2004 los porteños sufrimos un Estado que parece estar presente sólo en las campañas publicitarias, pero ausente allí donde no existe una ventaja mediática.
Fuimos testigos del típico empresario ventajista convencido que la ganancia no debe tener margen y que se justifica a cualquier precio.
Descubrimos una nueva generación de jóvenes cultores de la marginalidad, cuyo máximo heroísmo consiste, precísamente, en no ser héroes.
Presenciamos «medios de incomunicación» transformando en monstruos a aquellos mismos que hasta ayer eran reverenciados, sólo porque engrosaban sus páginas con publicidad.
Y finalmente nos encontramos con una sociedad que vive convencida de que se participa simplemente opinando frente a un televisor, dejando pasar todo con apatía y sin voluntad de compromiso, pero que se desboca cada vez que sus intereses personales son afectados.
Y entonces sí se movilizan reclamando -hasta compulsivamente- el apoyo del conjunto, sin recordar que hasta ayer, ellos mismos ignoraban el pedido de auxilio de sus semejantes.
¿Acaso no se parece esto a esa sociedad que se dió cuenta que el dinero escaseaba para el conjunto los argentinos recién cuando se quedaron sin su propio dinero en los bancos?.
Pasan los años pero parece que no aprendemos de nuestros errores. Hoy esta sociedad sigue depositando todas las culpas en la política, sin comprender que, hasta que la política no sea una cosa de todos -y eso implica el compromiso y el esfuerzo común-, esta realidad no cambia.
Hace mucho tiempo que venimos repitiendo -en reuniones de trabajo y aqui mismo- que nuestra sociedad está en crisis.
Porque si el gobierno ha sido culpable por negligencia, ¿qué le toca a una sociedad que critica a la política con una fuerza inversamente proporcional a su voluntad de involucrarse con ella.
Los dirigentes no surgen por generación espontánea, recorren un camino en el que son sometidos a las decisiones electorales internas de sus respectivos partidos políticos.
El recambio dirigencial -y por lo tanto el crecimiento cualitativo de la política- sólo se puede dar a partir del compromiso ciudadano con la política. Sin participación no hay cambio posible.
Si avanzamos en este camino hacia la «democratización de la política», será una realidad ver a nuestra ciudad descentralizada geográfica y políticamente, con mayor control de gestión por parte de vecinos comprometidos con sus ideas y sus dirigentes. Entonces sí habremos cambiado. Hasta la próxima.
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