manifestaciones y escraches
Siempre he querido aprovechar estas páginas editoriales, para referirme a algún aspecto de la realidad nacional, a modo de incentivo para el pensamiento conjunto. Sin dudas, el tema de la protesta social y los piquetes han ganado mucho protagonismo en el debate cotidiano y no quería dejar pasar la oportunidad de compartir con ustedes algunas reflexiones.
Las manifestaciones, masivas o no, son parte de una forma de expresión ciudadana y por lo tanto respetable como instrumento de comunicación. En cambio el tumulto que rompe y destroza vidas y bienes es un acto de agresión que no se puede subestimar, porque genera consecuencias lamentables a corto y largo plazo.
En una República, el derecho indiscutible del ciudadano a protestar es una opción totalmente democrática y ayuda a preservar muchos derechos que pueden ser conculcados pseudo-legalmente, mediante el abuso de normas, o el incumplimiento operativo de las mismas.
El uso abusivo de la fuerza de ocupación por parte de civiles, hace que quienes lo ejercen pierdan circunstancialmente el mejor de los atributos que se puede esgrimir: la justicia de los actos. A raiz de ciertos hechos, la vía pública no es ni vía, ni pública; sólo la transitan quienes creen que valida sus argumentos trabar a los demás, que son ajenos a las situaciones que los convocan.
Reconozco que he participado algunas veces en manifestaciones públicas, pero siempre quienes recorríamos las calles lo hacíamos buscando la simpatía ajena, la adhesión a las ideas y mensajes que transmitíamos. No buscábamos el terror para anular o convencer a los otros. Hasta la próxima.
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