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los riesgos de la concentración

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Transitamos una dificil época en la cual la representación política cada vez más se reduce a aquellos que acceden a partir de sus habilidades «tecnócratas», puestas en marcha desde la gestión en los despachos oficiales de turno; o por aquellos que simplemente apelan a su capacidad económica y penetración multimedial, relegando de manera evidente a los cuadros con responsabilidad y compromiso territorial en sus legítimas aspiraciones de acceder a espacios de gestión, ya sean estas electivas o no.

A esta característica inaugurada hace alrededor de dos décadas, se le suma un elemento propio de los últimos años, impulsado a partir de la incursión masiva de los medios de comunicación, consolidando un modelo de campaña política que se piensa, se organiza y se ejecuta desde los parámetros multimediales, muy lejos de la participación de quienes tenemos un compromiso histórico permanente con la política desde los territorios.

Esta situación se torna aún más crítica cuando vemos que uno de los últimos refugios de militancia -si no el último-, cual es el de la fiscalización de los comicios como reaseguro de legitimidad democrática, también será prescindible a partir de la inevitable implementación del voto electrónico en un plazo que se torna cada vez más cercano.

La  tendencia a la alta concentración que ya se verifica a diario y con cruda evidencia tanto en el plano económico como en el social de nuestro país, nos lleva a preguntarnos qué papel se reserva la militancia para renacer de sus cenizas y transformarse nuevamente en factor de reaseguro de la democracia, frente a este avasallamiento progresivo de la intermediación entre la gente y quienes conducen las herramientas políticas que rigen sus destinos, consolidando un proceso de alta concentración, también en la representación social.

En este sentido, creemos que la práctica política debe volver a convertirse en la polea de transmisión entre las necesidades de la gente y la capacidad del Estado para resolverlas, y en la capacitación y promoción de dirigentes y cuadros con eficacia en la gestión y conducción de políticas públicas capaces de mejorar la vida de la gente en el marco de un proyecto de Nación.

Ha llegado la hora de retomar una práctica territorial más agresiva en términos políticos, invirtiendo la actitud frente a los vecinos como respuesta más efectiva que permita conducir, al menos, aquella porción social de la que somos protagonistas y que podemos ser capaces de modificar. La unidad básica peronista deberá mudarse a la casa de cada compañero y el local partidario convertirse en «el templo» para el debate y la formación, tanto de cuadros políticos como de una nueva conciencia ciudadana.

Si fuésemos capaces de transformar la «Agrupación» en una «Organización» política, con una muy clara y definida estrategia a implementar, en el marco de un proyecto político integral, estaríamos dando los primeros pasos en esta modificación de las conductas de organización y participación política territorial.

No estamos hablando de una organización de cuadros con pretenciones setentistas -despues de todo no nos corresponde a nosotros la misión de hacer retornar al General Peron del exilio en un marco de proscripción política-, pero en los tiempos que corren, en los que el espacio de poder partidario se acumula sólo de dos maneras, o desde el dinero o desde la «unidad, la solidaridad y organizacion», la diferencia entre uno u otro también puede medirse de dos maneras, en el tiempo o en la ética.

Si en aquella epoca de resistencia la disyuntiva era «tiempo o sangre», la del presente se resume en el tiempo o la prescindencia de valores, y en ese marco sigo eligiendo el tiempo como variable peronista.

con Dios y con el Diablo

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Como también decía mi abuela: «no se puede estar al mismo tiempo en Misa y en Prosesión».

Esto viene a cuento porque últimamente se escucha con insistencia el «consejo» por parte de todo el arco opositor acerca de lo imperioso que resulta establecer por parte del Gobierno una política «que abandone la confrontación y se base en un consenso que incluya a todos los sectores de nuestra sociedad».

Algo muy oportuno para los discursos y que desnuda, en el fondo, el planteo real acerca del verdadero rol que debe ejercer un gobierno.

Y es que todavía hay quienes entienden al Estado como el encargado de ordenar la sociedad a partir de mantener su «status quo», garantizando las demandas de los distintos factores de poder, es decir, protegiendo a los ricos de los pobres.

Sin embargo hace ya mucho tiempo que el Estado ha asumido -a partir de políticas mucho más modernas-, un rol más ligado al equilibrio entre estos sectores sociales en permanente pugna, protegiendo esencialmente a los débiles de los poderosos.

Adoptar este criterio, sobre todo en países como el nuestro -periférico y en vías de desarrollo-, implica siempre un enfrentamiento con aquellos sectores que entienden la riqueza como una prerrogativa de impunidad y no como un incremento en su cuota de su responsabilidad social.

Por ejemplo, sería interesante que aquellos que vienen sosteniendo que la inseguridad es nuestro principal problema -y por supuesto hacen cargo de ella a los sectores más postergados-, acepten que el problema principal en realidad ha sido el constante crecimiento de los índices de pobreza e indigencia, consecuencia de políticas económicas que han fomentado esa situación estructural.

Entonces entenderíamos que  la solución pasaría por modificar la distribución del ingreso hacia un régimen más equitativo, en vez de seguir sosteniendo políticas represivas que intenten contener, desde la fuerza, la cada vez más violenta impotencia de los marginados.

Por eso, y tal cual lo expresa el título de esta editorial, no se puede estar con Dios y con el Diablo, porque distribuir la riqueza acumulada de un país, implica siempre que aquellos que poseen más, sean quienes más tributen en beneficio de quienes menos tienen. Y esto no es «gratis».

No se trata de «repartir trigo y leche a los pobres para garantizarles la ración diaria de comida» como ofrece «generosa» la patronal agraria. Porque no se trata de repartir dádivas para que los más pobres sigan sometidos a su condición humillante.

De lo que se trata es de gobernar para generar los cambios estructurales que cambien esa condición de manera permanente, a partir de la construcción de nuevas reglas de juego a largo plazo y en el medio, construír más viviendas, escuelas, hospitales, caminos, cloacas, servicios: DIGNIDAD e INTEGRACION.

En este sentido, una particularidad que tiene este gobierno, aún con sus torpezas y errores, es la de poner en el seno de la sociedad muchas de estas contradiciones no saldadas que  en otras épocas no tan lejanas estaban vedadas a la sociedad y se definían a través de depósitos bancarios provenientes de los fondos públicos.

Hoy la política forma parte de la vida cotidiana y obliga a la sociedad a informarse y la invita a emitir opinión permanentemente. Y no está mal, porque es el debate político sobre lo público lo que consolida el sistema democrático y ayuda a la madurez de nuestra sociedad, poco acostumbrada en las últimas décadas a hacerse cargo de sus responsabilidades ciudadanas, ya sea por despreocupación o por imposición.

En el otro extremo – y en nuestra página central abundamos con ejemplos claros acerca de ellos-, están los que mientras exigen «políticas de consenso que eviten la confrontación permanente» al gobierno nacional, cuando ejercen su responsabilidad, lejos de hacerlo desde el equilibrio y el consenso, lo hacen garantizando la protección de los sectores afines a través de negociados y aumento de las fuerzas represivas -no para protegernos de la inseguridad-, sino para acallar el descontento

Hasta la próxima.

tiempos de algo nuevo

por Marco Tirendi
JotaPé Ciudad Autónoma de Buenos Aires

tiempos de algo nuevo

 

 Han pasado las llamadas elecciones de media gestión. La calificación de estas como plebiscitarias determinan la obligación, tanto al gobierno como a la oposición, de realizar un análisis de las exigencias que provienen de la sociedad.

Este escenario ha sido claro: la gente quiere un cambio. Es hora de pensar una Argentina grande y fuerte. El autismo político debe ser superado. Es tiempo de comenzar a construirla. Para ello, es necesario que los gobernantes y los dirigentes de la oposición cuenten con la grandeza de romper con la lógica tradicional del aislacionismo y tender puentes con otras fuerzas políticas para que en conjunto se logren puntos de consenso.

Esta oportunidad para encarar el diálogo, ha sido tomada oportunamente por el oficialismo haciendo algo que debería haber sido realizado desde un principio. Los principales actores de los partidos políticos deben confluir en un acuerdo programático que contemple los puntos básicos sobre los que debe apoyarse una nueva nación.

Es tiempo de terminar con el cortoplacismo propio de la historia argentina. Sobre esos puntos en común, es que deben producirse políticas de estado tendientes a lograr un aumento en la calidad de vida de todos los habitantes. Estas políticas de Estado solo alcanzan un resultado real y concreto cuando los distintos protagonistas que las producen, son entendidos como entes independientes e iguales.

La ruptura con el status quo de las actuales instituciones desacreditadas debe realizarse con una base sustentable y confiable. Este descreimiento ha sido producto de múltiples factores. Una Nación que gane previsibilidad genera confianza, y esto acaba por lograr tranquilidad. Por ello, es que necesitamos saber hacia dónde vamos, qué queremos y cómo lo vamos a hacer. El diálogo debe contar con la sinceridad y responsabilidad de quienes sean sus actores, sin olvidar que en tal momento representan al pueblo.

Por esto, es que no pueden renunciar al mandato que les ha sido conferido. La representación significa llevar hacia determinado lugar una voluntad o idea de otro, que ha confiado en determinado persona, grupo o partido político su interés. Renunciar unilateralmente a ese mandato implica ejercer en forma irresponsable una obligación que ha sido asumida. Los dirigentes deben obligarse a ejercer tal mandato en forma responsable. Entendiendo que al momento de la práctica no se puede dejar de lado el bienestar futuro. Es el momento para vislumbrar entre todos una Argentina más justa, que logre humanizar su presente y soñar un futuro mejor.

Es elemental encarar el dialogo brindándole la suficiente entidad a la opinión ajena, para otorgar en ese mismo instante la efectiva posibilidad de lograr construir algo distinto y consensuado. Es hora de pensar que los medios deben ser relevantes para quien va a tomar una decisión atendiendo a un objetivo futuro. Así se lograrían metas mucho más fructíferas. Las personas que conformamos la sociedad debemos interesarnos nuevamente por la cosa pública. El retraimiento debe hacernos reflexionar. Solo logra que aquellos desinteresados queden bajo el dominio de quienes si se interesan y manejan la política.

Pensemos en participar y acercar ideas. La mayor participación logra aumentar el debate y genera un aumento cualitativo. Solo así… sabiendo que hay alguien que, como uno, quiere una Argentina mejor… podremos lograrla.